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Después del abrupto final de UbúEncadenado y sin proyectos en Di Tella mi paso siguiente fue integrar el elenco de El Campo que se haría en otro teatro. Mi expectativa era grande por la calidad del texto y la aureola del director asignado. La autora, Griselda Gambado, me introdujo a Augusto Fernandes que ya había comenzado ensayos de su obra con los actores principales, Inda Ledesma, Lautaro Murúa y Ulises Dumont. Horacio Romeu y Lorenzo Quinteros, ex Ubúes, también pasaron a formar parte del Grupo de Prisioneros como se llamaban los minúsculos personajes a interpretar. El resto de los pequeños roles eran cubiertos por alumnos del director que era, y es, un respetado maestro de actuación. De más está decir que nosotros estábamos considerados ‘sapos de otro pozo’, ya que en esa época no era para nada prestigioso venir del Di Tella. Más bien un terrible handicap. Quizás Fernandes nos aceptó por nuestra larga experiencia en espectáculos basados en el exceso.
Todo el mundillo teatral lo comentaba. El director, para introducir a Inda Ledesma en el clima de horror que la pieza describía, y con la complicidad de la familia de la actriz, había ideado una maquinación macabra: un grupo de sus discípulos, fingiendo ser delincuentes, se había introducido en casa de la Ledesma para someterla a todo tipo de vejámenes y torturas psicológicas. En lo personal el ‘ejercicio’ me provocaba el mismo respeto que hoy en día me producen ‘las jodas de Tinelli’. Me parecía –y me parece- que no había que experimentar el espanto o la opresión para reflejarlos en un escenario. Cada maestrito con su librito.
Con El Campo se inauguró un nuevo teatro para la ciudad de Buenos Aires, el SHA, hoy lamentablemente sin actividad.
La actitud cordialmente indiferente de Fernandes hacia los ‘intrusos’ se contraponía a la visible hostilidad que nos manifestaban sus discípulos. Ellos lo seguían con devoción religiosa, como a un gurú, sin atreverse a discrepar -y adhiriendo- a sus opiniones y conceptos sobre los más variados temas extra teatrales.
La digna puesta en escena no reflejaba la grandeza de la obra de Gambaro, tampoco el horror prometido. No obstante, y por el prestigio de los talentos involucrados, el espectáculo gozó de gran respeto. Lautaro Murúa, difícil en los ensayos, realizó un trabajo brillante. A escasas semanas del estreno se comenzaron a suspender funciones a causa de los problemas de salud de Inda Ledesma. Finalmente, a mediados de noviembre, no se retomaron las representaciones y se consideró terminada la temporada. Se anunció que el espectáculo había sido invitado al entonces más prestigioso festival europeo, el de Nancy. Nada más volvió a saberse. Nunca más volví a subir a un escenario como actor.
Kado
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